Primeras corporaciones Europeas: Historia de las corporaciones y bancos.

La VOC o Compañia Holandesa de las Indias Orientales, fue la segundaa compañia o corporacion, creada en Europa, de la que se tenga noticia en donde los socios solo perdian el capital aportado en caso de perdida y no todo su patrimonio pese a ser la segunda, fue la mas grande y motivo la creacion del primer banco moderno.

Utopías y finanzas: la corporación mercantil

Hasta principios del siglo XVII, los miembros de cualquier compañía no sólo pueden perder el negocio sino todo su patrimonio. Sigue vigente la responsabilidad común e ilimitada de cada uno, y quien haga negocios arriesgará tanto menos cuanto más evite asociarse, algo que en la Roma republicana e imperial abortó la creación de indefinidas empresas. Esta normativa parece ahora un freno arbitrario a la acumulación de recursos materiales y humanos, y la common law inglesa se adelanta al resto de las legislaciones diseñando una asociación donde «si algo se debe al grupo no se debe a los individuos, ni los individuos deben lo que el grupo debe».

Ese estatuto de «cuerpo social» (corporation) es lo que obtiene la Compañía de las Indias Orientales (1600), primer negocio donde los socios sólo pueden perder el capital aportado.

Aunque la sociedad por acciones sea todavía algo unido al favor, que exige una autorización discrecional de la Corona, se incorporan a ese régimen empresas preexistentes —la Muscovy Company y la Levant Company— o su mucho más importante análogo holandés. Como la letra de cambio, que reduce la inseguridad sin aminorar la fluidez y cuantía de las operaciones, la corporación mercantil estimula vigorosamente la inversión. Ahora es posible aunar fuerzas con otros sin arriesgar más allá de cierta apuesta, y sin admitir a priori un límite de la ganancia.

Dos años después de que la East India Company obtenga sus cartas credenciales, Holanda otorga las suyas a una empresa del mismo nombre, la Vereenigde Oost-Indischen Compagnie (V. O. C.), que a despecho de fundarse en un país minúsculo comparado con Inglaterra nace con un capital social diez veces superior. Medio siglo más tarde tiene en nómina a unos ciento cincuenta mil empleados, que articulan un tráfico sostenido materialmente por ocho mil marinos profesionales y más de doscientos cruceros. En años buenos, como el bienio 1657-1658, traslada a Extremo Oriente el doble de las rentas percibidas por la Hacienda española durante el mismo periodo, recuperando esos desembolsos con un dividendo medio algo inferior al 4 por 100. Si no reparte mucho más es porque algunos grandes patricios de Ámsterdam —como los Hope o los Neuville— copan de un modo u otro la adquisición y distribución de sus importaciones, cosa sin duda perjudicial para los accionistas aunque tolerada en un territorio donde la mayoría obtiene ingresos superiores al alza en el coste de la vida.

Una multiplicación del efectivo

El primer brote mundial de dinero muy barato y sin adulteración llega con la edad de oro genovesa —entre 1550 y 1620 aproximadamente—, cuando los Grimaldi, los Spinola, los Doria y unas pocas familias más sustituyen a los arruinados banqueros alemanes en «el crucial servicio de hacer que las rentas fiscales y la plata americana pasen de ingresos irregulares a ingresos regulares para el rey de España». Esos asentistas, como se les llama en Madrid, logran dicha proeza hasta que Felipe II intente estafarles. Aunque Venecia sigue obstinada en obtener el tradicional 20 por 100, y acelera su decadencia, los financieros genoveses mueven sus activos con una rebaja que de paso controla a los competidores del momento, situando el interés del dinero en una franja que fluctúa del 2 al 3 por 100. Emprender ha dejado de ser caro.

Para entonces los astilleros de Ámsterdam y Rotterdam han botado naves capaces de trasladar en cualquier dirección unas seiscientas mil toneladas métricas; el resto de Europa tiene una flota equiparable a otro tanto o poco más, y el resultado es un medio donde las ferias acontecen a diario, por no decir que algunas ciudades son una sola y enorme feria, abierta noche y día. Amberes, una de las más florecientes hasta ser tomada por mercenarios al servicio de España, erige en su puerto una estatua a Mercurio —patrono de los mercaderes— y hace justicia a las alas que ese dios tiene en la cabeza y los pies. La gestión que demandaba años o lustros estando vigente la Paz de Dios ocurre allí en semanas o meses, a velocidad mercurial.

El comercio tiene masa crítica suficiente para disparar reacciones en cadena, que al ser irreversibles barren los residuos de economía doméstica e imponen al sistema «hacerse analíticamente consciente de sí». Gremios y consorcios se esfuerzan por mantener e incrementar sus monopolios, aunque los precios derivan de cambios mucho más sutiles en el medio, donde lo esencial son «promesas, realidad diferida». El banquero confía en hombres de negocios y ellos confían en el banco, aceptando que puedan prestarse varias veces las mismas sumas antes de haber restituido el primer prestatario. Su fundamento es la evidencia puramente empírica de que, si no media alarma, sólo unos pocos vacían cada día su depósito.

Imagen vlaggenclub

Los bancos de inversión

Cinco años después de la V. O. C. aparece el Banco de Ámsterdam (1609), que ya no es una caja de monedas y joyas sino el domicilio para ingresos y pagos de una clientela empresarial. Como sus operaciones consisten básicamente en transferencias de cuenta a cuenta —y tiene unos dos mil depositantes— ofrece ante todo fiabilidad y puede cobrar a sus clientes en vez de pagarles intereses, inventando la comisión bancaria.

Se ofrece también para verificar la ley de cada divisa (detectando porcentajes de adulteración y posibles «aligerados»), y emite recibos por el valor de cada depósito que para el depositario resultan negociables.

Sus líneas de crédito —una práctica imitada enseguida por bancos de Rotterdam, Maastrich y La Haya— ofrecen al 5 por 100 un «papel» que dinamita la equivalencia entre valores depositados y títulos emitidos a cuenta suya. Las cecas de acuñación —que durante todo el medievo han sido monopolios de reyes, obispos y otros magnates— han dejado de ser el origen único de efectivo, y los primeros analistas económicos piensan como sir William Petty, uno de los más ilustres:

«Pregunta: ¿Qué remedio hay si tenemos demasiado poco dinero? Respuesta: Debemos crear (erect) un Banco».

En efecto, el dinero bancario se desplaza de modo más rápido y seguro, permite compensaciones automáticas y potencia la moneda preexistente. Prestando aquello que recibe en depósito el nuevo banco acelera los negocios y reduce el tipo de interés, al mismo tiempo que permite a los clientes mantener activas sus reservas. Por otra parte, la velocidad con la cual circula ahora el dinero invita a creer en portentos como la generación espontánea y la plurilocación —estar al tiempo en varios lugares—, evocando discursos sobre la «magia» y el «misterio» del crédito que en manos inescrupulosas acaban introduciendo hallazgos catastróficos, como la Banque Royale que el escocés John Law le vende al exhausto Tesoro francés. «Una mayor velocidad en la circulación de dinero equivale hasta cierto punto a un incremento del efectivo», si bien el hasta cierto punto tiende más a omitirse que a destacarse.

El hecho de que sea posible disponer varias veces del mismo activo es, sin embargo, un corolario del desarrollo mercantil. En una economía de trueque simple, donde se intercambian ciertas mercancías por otras, ningún aumento en la velocidad de intercambio eleva lo más mínimo el número de bienes, y que no suceda lo mismo con el dinero sólo puede explicarse por su peculiar naturaleza:

No hay ningún caso en el cual un título sobre una cosa pueda servir al mismo fin que la cosa misma: no se puede montar un derecho sobre un caballo, pero se puede pagar con un derecho sobre dinero. Esto es una razón de peso para llamar dinero a lo que es propiamente un título sobre dinero legal, siempre que ese título sirva como medio de pago […] Si los instrumentos de crédito, o algunos de ellos, penetran en el sistema monetario es porque el dinero constituye un instrumento de crédito, un título sobre el único medio de pago realmente último, que son los bienes de consumo.

Imagen wiki

Pero a finales del XVII, cuando esta movilización empieza a generalizarse, no está para nada claro cómo podrían los gobiernos animar situaciones de enfriamiento o enfriar las recalentadas. Ni siquiera lo está entender la maldición del legendario rey Midas, que convirtiendo en oro todo cuanto tocaba se condenó a morir de hambre.

Precisamente venerar el metálico caracteriza a la llamada escuela mercantilista, un movimiento doctrinalmente difuso que sólo tiene en común propugnar el atesoramiento del oro y la plata. Como Midas, no puede ser más ajena a una riqueza medida por bienes de consumo, libertades y conocimientos.

El hallazgo de los financieros holandeses promueve en otros países una creación de bancos emisores, cuya primera manifestación es el de Inglaterra. Junto a sus ventajas, estas instituciones introducen también una nueva gama de riesgos, empezando por el hecho de que fabricar moneda y billetes resulta más cómodo para el Estado y más peligroso para los particulares.

Los jerarcas, que obtenían sus recursos aumentando la presión fiscal o endeudándose con prestamistas particulares, pueden especular ahora con el dinero público. Algunas iniciativas del Banco de Inglaterra se ligan a brotes inflacionarios, y el Parlamento adopta sucesivas leyes antiburbuja (Bubble Acts) que son las primeras reacciones ante la vertiginosa complejidad que está alcanzando el mundo económico.

Fuente: Yometiroalmonte

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Este blog es sobre lo que ocurre en Amsterdam y Holanda y lo que ocurre alrededor, en el mundo. Amsterdam no son solo canales, y Holanda no son solo diques y polders.

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